Echando cuentas
Miguel Bosé

Repaso en primera persona a la 'fórmula equilibrada' empleada por Bosé durante 30 años
 

La escuela
No hago nada para mantener vivos los recuerdos, absolutamente nada. El que quiera quedarse que se pelee su espacio, esa ha sido siempre mi postura. Nunca estuve por la labor de atesorar el pasado, ocupa demasiado espacio y requiere demasiada energía.

Pero sí que existe un lugar de la memoria dedicado a todo aquello que mereció la pena y que en general habitan las cosas que sobreviven al tiempo. Allí está guardado el Miguel de la primera década, el adolescente sin malicia y de físico efébico que del día a la mañana saltó al éxito con «Linda», alzándose como una bandera generacional.

Tan turbador fui para el macho como molesto para el mediocre, lo que me convirtió en algo necesario para el joven sexo femenino de la época que buscaba renovar patrones emocionales, liberarse de clichés rancios y modernizarse a sus anchas, y en mí encontró no sólo una excusa, sino también a un chico sin pudor ni miedo en mostrar ternura. Eso desató muchos celos en mi contra y a priori. Fueron diez años de locura, en los que tuve la sensación de estar surfeando sobre la cresta de una enorme ola que en cualquier momento sabía que podía aplastarme, pero cuyo rugir ensordecedor me provocaba un vértigo fascinante que me atrapó para siempre y del que nunca más he podido escapar.

En esos años descubrí una vocación, construí los cimientos de una profesión, me apliqué en silencio y aprendí todo por lo que hoy siento, respeto y que sigo agradeciendo.

La Universidad
Un buen día empezaron a sonarme melodías raras en la cabeza que me puse a perseguir. Desde aquel momento algo gordo pasó; fui perdiendo interés por la forma de hacer música en la que hasta entonces había creído. Me surgieron la necesidad y la urgencia de lanzarme a hacer otra música, esa que me estaba naciendo, o de lo contrario muerte. Entré en crisis severa.

Otro buen día topé con Roberto Colombo, teclado y ánima de un grupo de rock progresivo llamado «Premiata Forneria Marconi», que se entusiasmó con el proyecto y decidió producirlo. Estaba loco, era genial, visionario, gran músico y muy valiente. Fue él quien dio forma a la canción «Bandido» y con quien comencé la aventura musical que me trae hasta hoy, quien apostó por el mundo que puse en sus manos. De él aprendí casi todo lo que soy. Fue mi mayor maestro, mi mejor influencia.

A partir de entonces desaté un lenguaje tan libre como personal y tan necesitado de constante renovación como de audacia. Durante las casi dos siguientes décadas eso es lo que he hecho, lo que he ido potenciando. Si repaso los capítulos de estos últimos veinte años, siento que ha habido mucha coherencia. También mucha honestidad, voluntad, trabajo, disciplina, constancia.

Durante mis camaleónicos treinta, di rienda suelta a todo lo pendiente, atreviéndome, yendo voluntariamente de infierno en infierno. Quizás por que aún me pensaba inmortal, ávido de riesgos crucé los fuegos más peligrosos que se me pusieron al paso y salí de todos ellos sin rastro de ampolla, como las salamandras.

Conocí el poderoso y tan necesario lado oscuro de las cosas, el que tanto placer hoy me sigue dando y que tanto tiene ya que ver conmigo.

Fue una época brillante, divertida, por la que agradezco haber pasado de boca en boca y que por fin despertó el Dominguin que había en mí y por el que mi padre tanta admiración y complicidad sentía. Fui la fiel consecuencia de su puro ADN, lo que en resumen y en verdad soy.

A los cuarenta me dio por enzarzarme en pérdidas de tiempo tales como compromisos políticos, intelectualidades varias, psicoanálisis, enamorarme sin ton ni son, querer mantener la misma talla de vaqueros, etcétera, todas ellas sin éxito. Eso es lo que tiene el madurar. Aparecieron la ironía, el escepticismo, la tolerancia, la dureza, el desencanto y por fin el sentido del humor.

Mientras tanto, de cada experiencia fueron surgiendo canciones, como quien no sabe que para eso sirve la vida.

La tesis
Mañana seguiré buscando un espacio en el que se me siga permitiendo vomitar éste lenguaje. Un espacio que sea inmenso, inagotable e infinito en el que pueda seguir traduciéndome sin límites, como del que hasta hoy he dispuesto. Ese es mi deseo.

Pero ahora y de momento, vamos a celebrar el haber llegado hasta aquí, ¿no os parece?

Gracias a todos y cada uno de los que a lo largo de estos treinta años me han permitido ser Miguel, Bosé, y su fórmula equilibrada, Miguel Bosé.

Seguiremos juntos aún por un tiempo.

Gracias de corazón,

Miguel.

El Mundo.es