A los 30 años me entregué a la noche y a todo lo que conlleva. Me sumergí en la oscuridad

Celebra sus tres décadas de música con un disco, «Papito», que ha compartido con Shakira, Alejandro Sanz, Ricky Martin y hasta 15 cantantes y amigos; celebra la coherencia de sus 50 años de vida. Rinde tributo a su padre, «mi gran maestro». Habla de su exquisita educación, declara su admiración a las mujeres e intuye un gran cambio en su vida. 

Por Elena Pita

Algo barrunta Miguel Bosé, como un antílope que de repente torciera su rumbo y corriera enloquecido 100 kilómetros, sin sospechar que al final de la carrera encontrará el agua. La metáfora es suya. A Miguel se le ha «aparecido» un momento vital que anuncia cambios en sus días. Lo primero que ha hecho no es salir corriendo, sino echar por tierra la casa de sus padres en Somosaguas (Madrid) y dejar el terreno baldío, instalado él de momento en su antiguo estudio revisitado. Lo segundo, montar una especie de celebración de sus 30 años de música con un disco donde el artista aparece al desnudo y tatuado con los nombres de los 15 intérpretes que le acompañan, intérpretes y canciones que son radiografía de su vida: 50 años. Lo tercero que hará Miguel Bosé a partir de ahora será dar rienda suelta a su instinto (tan humano como animal), que tal vez le conduzca a la dirección escénica. Tal vez.

Al fondo, seguirá sonando su música, más sofisticada, más intimista, tal parece ser hoy su estado de ánimo: ha cambiado la condena del amor por la curiosidad, el glamour por la solidaridad, y así todo.

Recibe Miguel vestido de andar por casa, saludable y natural: como embebido por la coherencia de una larga carrera que sólo ahora empieza a disfrutar. Nada más entrar, y sin haber entendido bien por qué, me conducen a una de las dependencias que, desperdigadas por la finca, van sumando una casa. En concreto me encierran (un decir) en un caseto que es la cocina, y ahí me estoy un rato, quieta y sola, rodeada de perros, pájaros, aceites, ramas de tomillo, ajos y vinagres variados: una cocina italiana, sin duda.

Pasado un rato, él mismo me invita a entrar en su sala de estar (otra casita), rodeado siempre de sus quince perros cuasi idénticos, una suerte de caniches de pelo rizado y gesto amigo, que ora se posan sobre mis apuntes ora husmean en mi bolso, etcétera, y a los que Miguel Bosé habla y corrige tal que fueran niños. Hoy una de las hembras, Nana, está triste porque al parecer ha perdido a su único cachorrito. Y en esto que nos liamos a disertar sobre la posible inteligencia animal y la evidente soberbia humana. Ay.

P. ¿Cómo se ve usted en estas fotos (portada), en ese cuerpo?

R. Como soy ahora, con unos tatuajes que evidentemente no llevo pero que son un gesto de amor. Celebro tener 50 años y estar aquí. Y me veo bien; si tengo que hacer un balance de mi vida diría que es de una gran coherencia.

P. ¿De dónde viene ese sobrenombre, «Papito»?

R. Es como me llaman todos estos amigos de Latinoamérica: es una palabra muy de ellos y muy cariñosa.

P. ¿Usted se siente de algún modo padre o madre de esta generación de músicos?

R. No, pero sí soy un referente en su crecimiento: todos escucharon mi música mientras crecían.

P. En una ocasión se fotografió simulando un embarazo y manifestó lo mucho que le gustaría ser madre. Esta idea de arroparles y este apodo que ellos le dan, ¿tienen algo que ver con ese sueño?

R. Aquello fue un juego donde una serie de hombres proyectábamos sueños imposibles, y el de ser madre es uno de ellos: un gran misterio envidiable.

P. Insisto, ¿hay algo de ello, añora la trascendencia de tener un hijo?

R. Sí, los lunes, los miércoles y los viernes. Los hombres somos emocionalmente muy cobardes: nos pesan las responsabilidades emocionales y, al mismo tiempo que las deseamos porque es un ejercicio muy narciso, nos aterra la realidad del día después.

P. En algún momento de la literatura del disco dice que con este trabajo pretende «desdramatizar» y se refiere a «mi torturada vida». ¿Qué ha tenido de dramática y dolorosa su vida artística?

R. Cuando compones, lo que pretendes es traducirte, pero te come la duda, y afrontarla en soledad es muy doloroso. Por educación, nunca me permití publicar la parte mala de mi vida, es algo que asocio a esa España folclórica que tanto detesto. Carezco de autocompasión, salgo de los baches por mala hostia. Además, es innecesario recordar las cosas malas del pasado, es preferible que configuren el misterio, la parte oscura de la luz que sale a flote.

P. ¿Cuáles son esos infiernos que por voluntad ha ido recorriendo en su vida?

R. Hay un momento en la vida en el que hace falta recorrer el lado oscuro, porque si no no progresas, te comen; pero hay que encontrar el momento para hacerlo, de modo que luego no te arrepientas ni sientas rencor. Si uno no deja salir 10 minutos al día al diablo que lleva dentro, el diablo acaba por comerle. Tenía 30 años y nunca me había tomado una copa, era un ser muy puro, y entonces me entregué a la noche y todo lo que conlleva, dejé de trabajar, fueron dos años sumergido en la oscuridad, me dediqué a ello; hasta que un día me desperté y dije: se acabó. Mi madre nos ha educado con una capacidad analítica muy fuerte: incluso de las cosas feas podemos aprender, aprender que no nos gustan; no es sabio ser excluyente.

P. De modo que llega a conclusiones como las que siguen: que «el sexo no es para tanto», ¿sugiere que le damos demasiada trascendencia?

R. [Emite un sonido de hartazgo tal que ¡puagh!] Por eso crea tanta problemática, y en definitiva no es sino un medio de comunicación y conocimiento personal tan natural que sus herramientas las llevamos colgadas por el cuerpo, como llevas las orejas para escuchar. Y no tiene por qué ser ni justificado ni explicado: no tiene debate.

P. O que «el amor es una condena», ¿cierto?

R. El enamoramiento, sí: para mí fue durante mucho tiempo una forma de angustia. Pero el amor es mucho más amplio, es la amistad, el cariño, la sensibilidad, etcétera. Y ése es el que me interesa y me salva.

P. Sin el otro amor, ya sabe, ¿no se siente solo?

R. Tengo tanta curiosidad que soy perfectamente capaz de vivir sin enamorarme de una pareja. Tengo la suerte de ser un tipo que se empalma con muchíiiiiisimas cosas. Sí, ya sé que hay gente que es incapaz de estar sola, pero yo no.

P. Miguel, ¿hay que tener mucha personalidad, fortaleza, o esa «mala hostia» que dice tener, para superar un éxito tan temprano como el que tuvo?

R. Venía de una familia de famosos, no conocía el anonimato, entonces podía manejar la fama personal. Pero lo que no podía manejar era el vértigo, la aceleración del éxito: era como una ola que me daba la sensación de poder aplastarme. Yo era un adolescente de cuerpecito estrecho, pequeño y fino, donde igual pesaba el sexo femenino que el masculino, tan moderno...

P. Fue un patrón nuevo para las jóvenes y adolescentes de entonces, años 70: el hombre sensible del que no teníamos noticia. ¿Por eso enganchó tanto su música?

R. Las chicas sabían que a un hombre como yo se le podía amar y no iba a hacerles daño: un planteamiento muy moderno. Era un momento de transición y las nuevas generaciones querían romper con el pasado y fabricar un patrimonio propio completamente diferente al que habíamos arrastrado. Y esto era un pop nuevo y parecido al que venía de fuera, propuesto además por un chico que por educación era pura naturalidad. La gente decía qué descaro tiene, qué provocador, pero aquello era el bagaje de mis privilegios, de la cultura a la que había tenido acceso y de la que estaba muy feliz. Además, yo crecí rodeado de siete mujeres, y la escuela de las mujeres es fantástica, te equilibra muchísimo y te enseña que puedes sacar tu parte femenina sin correr ningún riesgo. Así que yo ejercía sin ningún pudor la ternura y la sensibilidad, que eran vergonzosas y estaban vedadas para el hombre.

P. ¿Aún vuelve locas a las mujeres?

R. No lo sé, espero que sí, porque una de las cosas más bonitas y sanas es el juego del deseo.

P. Vamos a cambiar de registro: ¿en qué consiste su labor como embajador de la paz de la UNESCO?

R. La UNESCO es una organización bastante débil, no tiene mucho poder ni apoyo ni credibilidad. Hubo un acercamiento, pero me di cuenta de que lo único que querían era la foto. Me equivoqué, pero no por vanidad, sino porque creí que se me abría una puerta para empezar a ejercer el derecho a cambiar las cosas que no son justas.

P. Lo cierto es que la gente del show-biz enseguida se apunta a las causas humanitarias. ¿La vida de una estrella, su vida, es coherente con estas proclamas de solidaridad, austeridad, justicia?

R. Es útil y recomendable que nos apuntemos, porque podemos presionar a las instituciones: nosotros queremos que las cosas cambien y ellos quieren la foto. Por otro lado, nos hacemos con una información que la mayoría de la gente desconoce, y si la transmitimos nos creen, porque nos admiran, de modo que despertamos conciencias. El valor es hacerse incómodo, y yo espero hacerme muy incómodo, porque soy un tanque y no me meto en nada si no puedo ir arrasando.

P. ¿Cómo sería su decálogo de solidaridad con los desheredados de la Tierra?

R. Yo busco siempre la coherencia, que es un ejercicio que me permite dormir tranquilo. Si no ejerzo mi derecho a cambiar lo que no me gusta siento mucha frustración.

P. Miguel, se ha manifestado muy cabreado con el paternalismo rampante de la sociedad, desde jueces a políticos pasando por los curas. ¿Será esto la pataleta, la venganza del machismo frente a la independencia de la mujer?

R. Es su problema, y si yo hago campaña con Michele Bachelet, por ejemplo, es porque creo que solamente vosotras podréis cambiar el mundo. No vamos a ser nosotros quienes acabemos con las guerras, porque jugamos a ello desde pequeños, sino vosotras, que sabéis lo que cuesta parir y criar a un ser. Las propuestas de los hombres están obsoletas, lo revolucionario es lo femenino. Y mira el mundo, Bachelet, Pelosi, Merkel, Royal... No es casualidad, algo va a pasar.

P. ¿Se siente más próximo a una sensibilidad masculina o femenina?

R. Me siento cercano a las dos si están en equilibrio. Desconfío tanto de la mujer dura como del hombre que no es sensible.

P. Ha escrito para el disco una especie de autobiografía y cuenta que en aquella década camaleónica y convulsa de sus 30 despertó en usted («por fin») el ADN Dominguín. ¿Fue aquello de matar al padre, o sea de superarlo?

R. Fue el resultado de una moraleja: no juzgues. Tendemos a juzgar de los otros sólo lo que de nosotros más nos molesta. Cuando yo era pequeño y enfadaba a mi madre, siempre me decía (en italiano): «Eres igual que tu padre». Y es cierto. Creo que el ADN es lo único que no traiciona y a la larga se revela. Entonces, cuando te asumes, destapas la ironía.

P. ¿Su padre había tratado de hacer de usted un torero a su imagen y semejanza?

R. Él quería hacer de mí el hereu, era su único hijo. A mi hermana Lucía le gustaban con locura los deportes y la caza, y en cambio tenía un hijo que quería ser oceanógrafo. «¿Y eso qué es?», decía. Para él era como ser un muerto de hambre. Yo tenía acuarios y terrarios, y él decía: «Pues si le gustan tanto los peces, ¿por qué no pesca?». Yo leía todo lo que pillaba y a él le parecía un raro, porque no conseguía leer, pero sin embargo era un grandísimo intelectual como todos los que nacen en la calle. Al final resolví muchas de sus frustraciones, fui lo que él también quisiera haber sido.

P. ¿Se pelearon mucho?

R. Muchísimo hasta que tuve unos 30 años, y entonces, como si nos hubiéramos mirado y reconocido en el espejo, inauguramos un enorme respeto y una admiración mutua, y labramos una gran complicidad. Le echo muchísimo de menos y puedo decir con todo orgullo que todavía hoy y en ausencia es mi gran maestro.

P. Por el polo opuesto recibió la influencia de una mater amantísima rebosante de sensibilidad femenina. ¿En el choque de ambas influencias nace su ambigüedad?

R. Es difícil que de dos cosas a las que uno tiene que sobrevivir nazca nada, o sea es imposible. Todo son generaciones espontáneas. [Miguel acompaña sus palabras de una risa, mucha risa, muy suave].

P. Dice ahora que al pasado le reserva el espacio preciso, no demasiado, porque ocupa mucho. Cuando ha contado cosas como que Picasso le llevaba de la mano al cole, en París, ¿la gente le envidia o simplemente no le cree?

R. Todo eso es muy reiterativo, casi antipático. Yo no pedí nacer en esta familia ni tener los privilegios que se me ofrecieron. Y tampoco los viví conscientemente: mi recuerdo de todas aquellas personalidades es absolutamente familiar. Los privilegios en mi familia se entendieron como algo que si no se comparte y no se lleva con naturalidad no tiene sentido: nunca se ha fardado.

P. Cierto es también que iba a ser Tadzio en la película de Visconti, su padrino, y no lo fue. ¿Por qué?

R. Hay un mito alrededor de eso que a mí me hace mucha gracia. Sí, pensó en mí porque miras el personaje de Tadzio y el de Linda y es el mismo: ni chico ni chica, una especie de ángel que te turba. Pero fue pensarlo y mi padre decir: «Está en el segundo trimestre». Y se acabó.

P. ¿Pudo ser el principio truncado de su carrera cinematográfica?, porque ha trabajado con directores de primerísima línea, de Almodóvar a Iñárritu, Aranda... Y sin embargo, en conjunto, es una carrera bastante rarita, ¿verdad?

R. [Se ríe por educación] Empecé la carrera cinematográfica a la vez que otras mil cosas, pero en cuanto descubrí que mi vocación estaba en la música lo demás pasó a ser secundario, aunque sigo ejerciéndolo porque no lo tengo resuelto. Además, yo he hecho mucho cine por dinero, hasta películas eróticas, cuatro al mismo tiempo, porque una vez que conocí la independencia económica, con 17 años, no pude prescindir de ella. Sí, he hecho películas muy malas, pero me permitían vivir y estar en el ambiente.

P. ¿Cómo se ve de mayor, se ve cantando... O acaso no se ve?

R. [Se ríe, ahora con ganas] ¡Uf!, no, no me veo cantando Bandido con 70 años, y si se me ocurre, por favor, ¡atadme e impedidme que pierda la dignidad! Se están destapando cosas que van a ser importantes en mi vida y que son muy diferentes. Y en cuanto a la música, estoy empezando a escribir de forma más radical, personal, egoísta, y quizás esto no tenga mucho futuro comercial: pero es mi lenguaje.

P. ¿Qué es eso que vislumbra?

R. No sé, podría ir hacia la dirección escénica: dirigí una obra en el festival de Almagro y es algo que te mete un veneno en el cuerpo tremendo. Tengo ganas de reinventarme. Necesito vaciar para volver a llenar, tirar para volver a construir: está en mi carácter.

El disco «Papito» (Warner) se pone a la venta el 20 de marzo.

La Celebración de Papito


Es una celebración, el disco que Miguel Bosé ha grabado haciendo duetos con otros 15 cantantes (Julieta Venegas, Ricky Martin, Juanes, Alejandro Sanz, Leonor Watling, Bimba Bosé, Shakira, Amaia Montero, David Summers, Laura Pausini, Alaska...). “Es como un cumpleaños, porque 30 años de canciones es algo muy sólido, y necesitaba dar las gracias y compartir y abrir las puertas de mi casa a todos estos amigos”. Y se ve que lo han pasado bien, “sí, después de superar el respeto, el temor que les suponía entrar en una canción que no es suya teniendo al padre al otro lado del micro”. Y así, superado, a Miguel se le ve disfrutar a lo loco con Ricky Martin (“es que se ha tirado 15 años cantando Bambú en la ducha, dice que es su canción favorita, y esta complicidad se nota muchísimo, se palpa en el dueto; tanto que no he borrado las risas y comentarios de fondo de la grabación”), coquetear (“¡cómo no, chica!”) con Paulina Rubio, llorar junto a Laura Pausini. Y otros tantos momentos bellos que no caben aquí. Ha sido una grabación grandiosa que casi a modo de récord ha precisado 80.000 kilómetros de viaje de Miguel, 130.000 del equipo, 80 billetes de avión, 152 habitaciones de hotel, más de 150.000 llamadas de teléfono, 10.000 e-mails, 2.234 horas de grabación en 19 estudios repartidos en ocho ciudades del mundo, 87 músicos, 13 ingenieros de sonido. Buf.